Miércoles 01 Abril 2020

La portada es una reproducción de la imagen plasmada en una chapa que editó la Asociación de Periodistas de Almería y en la que se podían leer los hastags utilizados a través de Twitter por los periodistas para reivindicar la profesión y denunciar algunas de las situaciones que se estaban produciendo durante el año. Dicha chapa la vestimos muchos periodistas en todas las manifestaciones, que fueron muchas, y que tuvieron lugar durante los dos años de los que trata el Anuario de 2013.


El trabajo de las mujeres rurales por fin sale a la luz

Isabel Fernández
Periodista

La femineidad es algo intrínseco a la tierra. Sin ir más lejos, la palabra terra, germen latino del término actual, ya lo era. La tierra siempre se ha considerado ‘madre’ de muchas de las cosas vivas y, quizás por ello, la mujer siempre ha estado ligada a ella, desde los tiempos más remotos, cuando recolectaba sus frutos, hasta el siglo XXI, cuando sigue haciéndolo. La mujer ha trabajado la tierra codo con codo con el hombre desde, prácticamente, el Neolítico, cuando nació la agricultura y, sin embargo, su rol dentro de esta actividad nunca ha tenido un reconocimiento oficial. La mujer, entonces y en pleno siglo XXI, no ha sido para la agricultura nada más que ‘ayuda familiar’ cuando, en el fondo, su ‘ayuda’ ha tenido lugar de sol a sol.

Las agricultoras tuvieron que esperar hasta el 5 de enero de 2012 para ver reconocido un trabajo que han venido desempeñando desde tiempos inmemoriales. No es de extrañar, por tanto, que cuando la actual Ley de Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias entró en vigor, desde las organizaciones de mujeres rurales hablasen de éste como un ‘logro histórico’, una respuesta al fin para la que había venido siendo una reivindicación también histórica de las féminas.

Sólo en Andalucía, y según la ‘Aproximación a la realidad de mujeres y hombres en Andalucía 2010’, editada por el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM), las titulares de las explotaciones agrarias apenas eran el 29,9%, 69.279 mujeres, una cifra que se reducía hasta el 21,9% en el caso de hablar de jefas de explotaciones. Muchas de esas mujeres, entonces y en 2012, trabajaban en alguna de las más de 29.000 hectáreas de invernaderos que, en la campaña 2011/2012, se cultivaron en la provincia de Almería, quizás una de las zonas en las que la figura de la mujer como trabajadora rural tenga un mayor peso específico.

Y es que, si algo ha definido a las explotaciones agrícolas almerienses desde que en los 70 tuviera lugar ‘el milagro’ ha sido su carácter familiar. Un carácter familiar que, traducido a la legalidad actual, siempre ha significado que el hombre ha sido oficialmente el titular de la explotación mientras su cónyuge no era más que ‘ayuda familiar’. Esta situación, que para muchos podría considerarse normal, teniendo en cuenta el carácter patriarcal de nuestra sociedad, analizada con ojos de mujer no lo es tanto. Porque, ¿acaso merece un mismo trabajo dos reconocimientos distintos? Pero, siendo, simplemente, prácticos, la situación también cae por su propio peso: el hecho de que una mujer haya trabajado siempre en una explotación familiar implica que, a lo largo de toda su vida laboral, nunca haya cotizado a la Seguridad Social y, por tanto, en el futuro, carecerá de prestaciones y, lo que es más, ni siquiera tendrá derecho a una jubilación digna.

Con la entrada en vigor de la actual Ley de Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias, que llegó en forma de regalo de Reyes, se ha tratado de poner fin a una situación de claro desequilibrio entre géneros. Gracias a ella, y tras años de lucha, las mujeres verán reconocido un trabajo que siempre se ha escondido tras una cortina. La nueva norma va a permitir profesionalizar la actividad agraria de las mujeres, haciendo visible el trabajo que éstas realizan en el campo y permitiéndoles, además, una mayor participación en las organizaciones agrarias. Asimismo, y según explican desde el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama), va a fomentar la igualdad y a mejorar la calidad de vida en el medio rural, además de ayudar al asentamiento de esa población rural. Para que esto sea así, la titularidad compartida va a implicar la administración, representación y responsabilidad compartida sobre la explotación entre los dos cónyuges, en ese caso, miembros de la titularidad compartida. Del mismo modo, los rendimientos se repartirán al 50%, ambas partes podrán ser beneficiarias directas de ayudas y subvenciones para su explotación y, lo que es más importante aún, la cotización en la Seguridad Social se realizará por parte de ambos miembros, garantizándole de este modo, también a la mujer, un tranquilo retiro. Sólo hará falta que ambos cónyuges se inscriban en el registro de titularidad compartida de la Comunidad Autónoma que corresponda.

Sin embargo, y pese a todo lo bueno que la norma puede traer consigo, lo cierto es que un año después de su entrada en vigor, la vida sigue prácticamente igual. De hecho, las asociaciones de mujeres rurales, como es el caso de la Federación de Mujeres y Familias del Ámbito Rural (Amfar), lamentan el escaso número inscripciones en los registros de titularidad compartida. Tanto es así que, pese a lo reciente de la norma, ya han pedido su “actualización” para, según afirmaron desde la Federación tras una reunión con el ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Miguel Arias Cañete, “adaptarla a la realidad social y económica del momento”. Para ello, proponían medidas que incentivaran a las mujeres para que se inscribieran, así como establecer beneficios fiscales. Por su parte, el ‘Análisis de la Campaña Hortofrutícola de Almería. Campaña 2011/2012’, elaborado por la Fundación Cajamar Caja Rural, también hacía una clara mención al hito que supuso en 2012 la entrada en vigor de la ley, si bien también aludía a la necesidad de poner en marcha medidas informativas e incentivadoras con el fin de que la titularidad compartida no suponga un mayor coste para el productor ni un aumento de los condicionantes burocráticos.

El reto, pues, sigue vivo.

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Este artículo fue publicado originalmente en el Anuario Crítico de Almería 2013, en la sección


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