La portada es una reproducción de la imagen plasmada en una chapa que editó la Asociación de Periodistas de Almería y en la que se podían leer los hastags utilizados a través de Twitter por los periodistas para reivindicar la profesión y denunciar algunas de las situaciones que se estaban produciendo durante el año. Dicha chapa la vestimos muchos periodistas en todas las manifestaciones, que fueron muchas, y que tuvieron lugar durante los dos años de los que trata el Anuario de 2013.


Una historia del crimen de Fiñana

Javier Pajarón
Periodista

Los sofistas sostenían que la realidad no se puede conocer, y si se conociera no se podría comunicar, y si se comunicara no se podría entender. Los sofistas fueron los primeros críticos de la objetividad y los periodistas, en este sentido, unos rebeldes. Aspiramos a todo, a conocer, a comunicar y a hacernos entender. Quizás demasiado. ¿Pero qué sucede cuando la realidad es esquiva?

El 20 de diciembre desapareció Míriam Cuerda de 16 meses en una carretera comarcal cercana a Gérgal. Del secuestro nada se supo prácticamente hasta el día 24 cuando la Guardia Civil había inundado ya los rincones de una decena de municipios con el rostro del presunto secuestrador, Jonathan Moya. Con las redacciones heridas por la tijera de la crisis económica y las plantillas mermadas por las vacaciones, apenas algún periodista intrépido y algún cámara obligado por la inmediatez televisiva pisó Abrucena, Fiñana, Gérgal o Alboloduy en esas horas.

Nochebuena dio una tregua. Luego la misión se retomó con escasísimos recursos el día de Navidad y sólo el 26 y 27 de diciembre, cuando la niña había muerto ya y la detención rondaba el Camino Real de Abrucena, las circunstancias permitieron abordar trabajos con cierta hondura periodística.

 

Las fuentes tampoco ayudaron. Sólo dos instituciones podían ganarse el apelativo de oficiales, la Subdelegación del Gobierno y la Guardia Civil. La primera dio la sensación de basar su estrategia comunicativa en el esfuerzo personal de una compañera (las primeras declaraciones del subdelegado Andrés García Lorca fueron en los actos festivos del Pendón), mientras la segunda quedó inoperativa en momentos claves de la investigación, especialmente durante la tarde del 27 de diciembre. Sólo hubo un comunicado, justamente para señalar que no habría declaraciones. La vía de agua era entonces demasiado grande para taponarla con las manos.

 

Estos contactos oficiales fueron, sin duda, utilísimos en el primer minuto y completamente insuficientes el resto de la semana. El secreto de sumario y la delicada situación de la menor avalan la prudencia. Sin embargo, poner rostro al secuestrador en un cartel supone un riesgo ineludible para las autoridades y permitir errores propiciados por la vorágine mediática era, a efectos prácticos, tan peligroso para la niña como ofrecer excesivos datos sobre el rastreo. Un alto cargo de la Policía Judicial confesó recientemente en un caso similar: En 30 años de carrera no he conocido una detención causada por la distribución de carteles de búsqueda. La prensa no abrió ese melón. El equilibrio entre el secreto sumarial y el derecho a la información todavía es terreno ignoto en la provincia de Almería.

 

Por otra parte, las otras fuentes estaban sobre el terreno, los alcaldes de Gérgal, Abrucena y Fiñana, especialmente estos dos últimos. Juan Manuel Salmerón y Rafael Montes bajaron a la arena de los caminos junto a los periodistas y siempre ofrecieron apoyo en lo necesario. Su preocupación por la pequeña fue sincera. Sin embargo, los dos eran manifiestamente desconocedores de la secuencia de hechos y mostraron su malestar por la poca información suministrada por la Guardia Civil. Periodísticamente su valor se mide por la capacidad para describir a Jonathan Moya y su entorno. No es poco, pero se gasta pronto.

 

¿Cómo saber entonces qué pasó? Sin acceso a Gema Cuerda, los testimonios de testigos directos fueron un asidero. Los abuelos renegaban de nieto, pero nada sabían. Los ancianos que ayudaron a la joven onubense en las inmediaciones de su cortijo contaron con cierta conmoción los gritos de auxilio y las palabras que cruzaron en el trayecto hasta la estación de descanso, pero nada vieron. Y los empleados de la Venta del Pino apenas pudieron relatar dónde estaba el teléfono. En esos días entre todos, periodistas, alcaldes y vecinos empaquetamos la historia. Mientras, se publicaron fugas a Madrid, Sevilla y Marruecos, se relató la crueldad de una violación luego demostrada falsa y se esbozaron distintas teorías conspiratorias hoy desechadas.

Llegó entonces el arresto. El 27 de diciembre Jonathan Moya fue detenido en el cortijo de su padre en Abrucena y la niña apareció en el fondo de una balsa de riego. No hubo ningún comunicado para confirmarlo. Si el bebé no hubiera tenido el anunciado golpe en la cabeza, pocos redactores podrían justificar ante un juez cómo alcanzaron esa conclusión. Es cierto que el talento del periodista se mide en buena medida por sus fuentes, aunque me pregunto si es suficiente con tenerlas o se necesita también  poder ofrecer al lector, oyente o televidente algún nombre que responda por las afirmaciones.

 En los días posteriores las noticias cayeron poco a poco, mucho más sólidas, con menos oquedades, muy relevantes para conocer, por ejemplo, el arsenal delictivo de Moya y su situación judicial y penitenciaria. Hoy el seguimiento del caso se fundamenta, en gran medida, en el excelente trabajo realizado en los días posteriores al hallazgo del cadáver.

Así nadamos en medio del temporal, sin parar de mover los brazos mientras las olas hundían nuestras cabezas. Porque estas líneas son una crítica al ritmo autoimpuesto de las rutinas periodísticas que difuminan ciertas realidades, pero es, más aún, el rechazo a la insuficiencia de recursos de los periodistas frente a casos de esta dimensión en la provincia. La dignidad del trabajo de los profesionales que soportaron el maremoto merece un tratamiento distinto al ofrecido por empresas y por instituciones.

Y estas líneas son también una puerta abierta a los lectores para sumergirse en un mar revuelto donde el periodista lucha para poner en tierra seca algunas verdades empapadas de dudas. Puede que Protágoras tuviera razón y la realidad no se pueda conocer. O puede que contarla sea la única manera de hacerlo.

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Este artículo fue publicado originalmente en el Anuario Crítico de Almería 2013, en la sección Sociedad


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