Portada diseñada por Quinita Villacampa. Obra finalista del certamen de obra gráfica "Día de la libertad de Prensa". 

La Asociación de la Prensa y la Escuela de Arte, convocaron el I Concurso de Obra Gráfica. El requisito imprescindible fue que todas las obras estuviesen inspiradas en el artículo 20 de la Constitución. La portada de este Anuario, finalista de dicho certamen, representa un ratón de ordenador arrastrado por una cadena de grandes dimensiones.


Herramientas para defenderse (cuando sea necesario) del discurso político


Parece evidente que la valoración de cualquier colectivo social o profesional sería, de entrada, injusta si se realizase sobre la base de la generalización. No todos los políticos profesionales son iguales, como no todos los periodistas son iguales o como no todos los profesores son iguales. Ahora bien, sí es cierto que hay algunos hábitos discursivos que aparecen con demasiada frecuencia en las manifestaciones públicas de quienes tienen responsabilidades políticas y que, aunque puedan no ser intencionados en muchos casos, habría que cambiar. Todos los que formamos parte de la sociedad debiéramos pensar si no estamos promocionando también de alguna manera esos malos hábitos. 

Un país sólo avanza en la dirección correcta si tiene una ciudadanía crítica, capaz de interpretar adecuadamente lo que se le dice y también lo que se le oculta. Es una pena que el adjetivo crítico, a pesar de todo, siga teniendo una imagen tan mala; el motivo es bien sencillo: se asocia crítica con falta de cortesía y se olvida que la crítica en sí no es la última fase del proceso de valoración, sino que sería más bien el ofrecimiento de alternativas constructivas a aquellos comportamientos que se hayan demostrado inadecuados o, en todo caso, mejorables. Algunos responsables políticos confiesan querer esa ciudadanía crítica, pero luego parecen mostrarse excesivamente incómodos con las críticas recibidas. Siempre que, insistimos, se haga dentro de los límites de la cortesía y de las buenas maneras, la crítica ayuda a mejorar. Ahora bien, no todos los que quieran defenderse de las estrategias del discurso político, podrán hacerlo; disponer de herramientas para la defensa requiere también un proceso formativo basado, además de en el sentido común, en la lectura o en la escucha no superficial de los mensajes políticos y también en la comparación de esos mensajes entre unos políticos y otros, o de unos mismos políticos ahora y en el pasado.

He aquí algunos modestos consejos:

1. Prudencia y posibilidad de disenso. Nadie puede tener razón siempre y en todos los temas. La arrogancia, en este sentido, es una pista importante que debería servir para detectar a un mal profesional de la política. En efecto, la valoración siempre positiva de uno mismo o de quienes forman parte del mismo grupo ideológico, y la constante valoración negativa de ‘los otros’ no son buenas cartas de presentación para una persona con vocación de servicio a la sociedad, a toda la sociedad. El disenso educado en el seno de un mismo grupo político debería ser entendido siempre de forma positiva y como una muestra de valentía personal; el disenso maleducado puede ser un indicador de protagonismo innecesario. En todo caso, estemos atentos ante los ejemplos de disciplina de partido mal entendida. Además, hemos de huir de los políticos que acostumbren a utilizar un discurso basado en los insultos y el disfemismo. Desgraciadamente, la sociedad actual está hipnotizada por la hipérbole y cree que ésta es, siempre y en todo caso, divertida. A veces (y esto es lo más preocupante), puede llegar a creer que los usos discriminatorios del lenguaje también son divertidos. Si de forma pública, un político se aproxima a estos usos jamás debiera recibir la confianza de los votantes.

2. Responsabilidad. Se suele decir que es casi imposible encontrar en España a políticos que sean capaces de reconocer sus errores. Si encontramos a un político que, cuando se equivoca en su gestión, asume la responsabilidad de su error, habremos hallado igualmente a un profesional en el que merece la pena depositar nuestra confianza. No siempre será necesario que demuestre su entereza con la dimisión. Otras, sí. Seguro que, además, en caso de permanecer en su puesto, cometerá cada vez menos errores. Hay que recelar de quienes, cuando les conviene, utilizan las palabras para ceder las responsabilidades a otros. La promesa es un acto de habla básico en la vida política, especialmente cuando se aproximan fechas electorales. No caigamos en las redes de quien está acostumbrado a prometer sin sentirse en la obligación de cumplir o de reconocer, al menos, que ese cumplimiento dependerá de factores diversos, en ocasiones ajenos a él por completo. Dicho en términos más generales: atención a la adecuación entre el hacer y el decir de nuestros políticos. Hagamos memoria; eso nos ayudará a diferenciar entre los políticos cumplidores y los incumplidores.

3. Claridad y acomodación comunicativa. Si no se entiende lo que dice un político, mal empezamos. No pensemos, además, que esto sucede necesariamente por nuestra incapacidad para comprender; puede ser por su incapacidad para transmitir, lo que implica también una falta de capacidad para acomodarse comunicativamente a los interlocutores. No nos sintamos embaucados por las palabras crípticas o por las paráfrasis interminables. Ese esfuerzo para acomodarse siempre debe recibirse positivamente, salvo que se intuya que el político entiende la acomodación como una manera de rebajarse desde el punto de vista intelectual o social. Si así sucediese, sería el político evidentemente el que no estuviese a la altura. Puede suceder también que se confunda el deseo de equilibrar los procesos comunicativos con actuar de forma que nuestro receptor siempre escuche lo que desea escuchar, tenga o no tenga visos de realidad lo que se diga. Es entonces cuando entramos de lleno en uno de los tipos discursivos más peligrosos en el ámbito de la política y al que más atención deberíamos prestar los ciudadanos: el demagógico. 

Una última cosa para acabar: todos tenemos que acostumbrarnos, como decíamos, a no quedarnos en la superficialidad de los mensajes (políticos o no políticos); por eso, agradezco el esfuerzo a quienes hayan leído este artículo hasta el final y no se han quedado sólo con el título o con la imagen elegida para ilustrarlo.


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Este artículo fue publicado originalmente en el Anuario Crítico de Almería 2008, en la sección Ideas


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